Payasos sin Fronteras: Provocando la risa entre tiendas de campaña

Entre el 23 de abril y el 2 de mayo, un equipo de Payasos sin Fronteras se dirigió al campo de refugiados de Choucha, situado en Túnez, donde se refugian más de 3.000 personas, entre ellos 500 niños (150 de ellos sin familia). La mayoría son ciudadanos que huyeron hacia Libia por la mala situación de sus países de origen. Con la caída de Gadafi, también se vieron obligados a abandonar Libia. El conflicto y su piel oscura, (muchos de ellos son negros), convertía a estos civiles en el blanco de las represalias del bando triunfante. Durante el gobierno de Gadafi, los negros que vivían en Libia  eran considerados sus aliados. Muerto el presidente, la población negra de este país se ve perseguida, sea realmente seguidores del expresidente o no. Los ciudadanos desplazados hasta Choucha son civiles que nada tienen que ver con el conflicto ni con supuestos apoyos al régimen. Igualmente se ven perseguidos y desde hace 15 meses viven entre tiendas de campaña. Su futuro por el momento es difuso. Entre dificultades y la complejidad que supone vivir refugiado, la risa es la mejor aliada para, si no olvidar, deshacerse de los problemas durante unas horas.

 

"El cáncer en Palestina es la colonización"

Del río al mar. De norte a sur. Con la causa palestina. Porque desde Líbano hasta Egipto, del Mediterráneo a Jordania, Palestina es una tierra histórica que necesita igualdad de oportunidades, derechos y obligaciones para todos sus habitantes, comenta Nabil Mansour. Es un joven músico catalán, de origen palestino. Estudió música en el Liceo y en el Taller de Músicos y reconoce amar por encima de todo: la música y  Palestina. Sigue leyendo

Niños sirios tras la pancarta y el altavoz

 

Un domingo cualquiera niños corrientes juegan en el parque, pasan el día en casa de sus abuelos, comen con sus primos, o dan un paseo con sus padres. Pero Rania, Sanaa, Abude, Asmaa, Fatiha y Layla (pseudónimos) no lo hacen. Ellos viven la guerra desde la distancia.

Rania tiene diez años, su hermana Sanaa, siete. La más pequeña es tímida y apenas habla. Casi no sabe por qué se manifiesta todos los domingos frente a la Embajada de Siria en Madrid ni quién es Bachar Al Assad, aunque tiene claro que “es un señor muy malo”.  Sanaa siente que concentrarse es algo justo y, junto con el resto de su familia, no queda excluida de las protestas: “Mi tío ha muerto y está muriendo mucha gente, por eso vengo”. Sigue leyendo