La vida de un fotógrafo profesional de gatitos

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Conocido como el hombre que susurra a los gatitos, Larry Johnson ha estudiado todo tipo de razas y felinos para hacer el mejor retrato posible a cada uno
Larry Johnson comenzó a hacer fotografías por diversión, de forma autodidacta, con la cámara de un vecino y sin muchos conocimientos técnicos. Mientras retrataba animales y plantas del barrio de Miami en el que vivía, empezó a publicar su trabajo en exposiciones hasta que un día alguien le pidió algo que no dudó en aceptar: fotografiar gatitos.

«No tenía ni idea de lo que estaba haciendo, pero tomé las fotos y me gustó», explica a Yorokobu. Después fue de una feria a otra con el mismo objetivo, mientras los asistentes quedaban encantados con su trabajo. «Parece ser que tenía alguna habilidad para hacerlo suficientemente bien». Así que decidió continuar, hacerse con una buena cámara y aprender de otros profesionales.

Estudió a los mininos, a los diferentes tipos de razas que iba encontrando, intentó entender las normas de los eventos y analizó otras fotos que ya existían. Se fijaba en las poses de los gatos que otros fotografiaban y cómo variaban según las publicaciones donde aparecían. «Así aprendí mucho y ahora sé cómo disparar a cada gato, lo que necesita, lo que debe transmitir», dice.

Desde su primer encuentro con los felinos y su objetivo ha pasado mucho tiempo. Hoy se podría considerar a Johnson como un fotógrafo profesional de gatitos. Algunos le describen como «el hombre que susurra a los gatos». Lleva 30 años formándose para tener el privilegio de definirse como tal y, aunque no recuerda cuántas fotos de mininos ha hecho en su vida, afirma que guarda entre 1 y 2 terabytes de imágenes felinas por cada año dedicado a estos perezosos animales.

Su vida se basa en recorrer el barrio en el que vive (en Baton Rouge, Luisiana) para seguir el rastro de los gatos callejeros por propia diversión, aunque afirma que suele ser difícil porque huyen. También consiste en viajar hasta distintos países – de EE UU a China pasando por Japón o Italia – y conocer nuevas especies.

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Además, frecuenta habitualmente eventos gatunos y entregas de premios (también gatunas), en las que es el fotógrafo oficial, y trabaja desde su estudio para dejar constancia de la cara más elegante de los felinos. No obstante, mucho de su tiempo lo invierte en procesar y seleccionar las imágenes, pues solo en un fin de semana pueda tirar más de 600.
Los clientes que acuden a él son exigentes, suelen tener gatos poco habituales, muy especiales, y quieren guardar un recuerdo para la posteridad. Por eso no se le puede escapar ni el más mínimo detalle. Además de los focos, la cámara, el trípode y la decoración que bien podría utilizarse con humanos, también necesita todo tipo de juguetes, cuerdas y hasta finos palos que terminan en plumas. Son cosas que le sirven «para mantener su interés, para jugar con ellos y que no huyan».

Consigue su propósito situándose tan cerca de ellos que hasta puede tocarlos. Aunque algunos se muestran inquietos y corren para que el objetivo no les alcance, otros posan de forma coqueta sin apenas inmutarse. Dice Johnson que, a parte de «hermosos», por lo general les gusta que les presten atención y suelen ser muy sutiles. Por eso su trabajo es conseguir que muestren aquello que ocultan.

Explica que no es igual que fotografiar a niños de la escuela que se sientan, sonríen, esperan a que la cámara haga clic y se levantan para que pase el siguiente. Su actitud depende de la raza y cada gato es distinto. «Me gusta el desafío y la diferencia de poder trabajar con cada uno de estos animales por separado». No obstante, reconoce que no es capaz de tomar menos de cien fotografías para sacar un par buenas, a pesar de que pone todo su empeño en que cada una sea perfecta.

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Su objetivo es que el animal se relaje y consiga divertirse, que no pase por sus lentes con ganas de marcharse y que la propia diversión genere movimiento, diferentes poses y sensaciones. Quiere que todas sus facciones se vean con claridad y que el gato no mire con ojos temerosos pensando «¡oh, Dios mío, van a matarme!».

Después de años de experiencia sabe que no puede mostrarse nervioso, estresado o con miedo a la hora de hacer su trabajo porque los gatos lo saben, «son muy sensibles e intuyen lo que las personas sienten». Johnson ha fotografiado gatos salvajes (les ha visto los dientes alguna vez) y sabe que no puede mostrar ningún signo de debilidad porque ellos, al igual que un perro, pueden atacar.

Además, la falta de seguridad conlleva no hacer bien el trabajo. Por eso, si el animal se pone nervioso, la mejor solución es que lo calme su amo y después volver a la sesión con normalidad. «Tienen que confiar en ti y debes confiar en ellos», dice. En definitiva, «tienes que amar a los gatos». Como lo hace casi toda internet.

Más allá de mininos, también ha fotografiado en alguna ocasión aves, reptiles, panteras, pumas, cobayas, erizos y perros. Sin embargo, ha sido su trabajo con el animal estrella de la Red lo que ha llamado la atención del documentalista Mark Zemel, que le ha seguido hasta un concurso celebrado en Nueva Jersey para producir The Purrtraitist. Este trabajo audiovisual refleja a la perfección cómo es el trabajo de Johnson en los eventos dedicados a gatitos y cuál es la pasión que le mueve: fotografiarlos como si fueran suyos.
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Las fotografías utilizadas en este artículo son propiedad de Larry Johnson.

Publicado en Yorokobu, por Lucía El Asri. 

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