Honrando la memoria de los muertos gracias a la ‘nube’

Adult Mass Burial on Hart Island

La artista canadiense Melinda Hunt lleva desde 1991 trabajando para hacer visible la historia de Hart Island, uno de los mayores cementerios olvidados del mundo y la mayor acumulación de fosas comunes de Estados Unidos. Ahora quiere que cualquiera lo visite de forma virtual gracias a su proyecto Hartisland.net.

En esta isla, perteneciente al Bronx de Nueva York, han sido enterradas más de un millón de personas desde 1869. Algunas de forma anónima, otras identificadas, pero todas ellas en fosas comunes y sin esperanza de que alguien las recuerde: son pocos los familiares que tienen información sobre los fallecidos.

Un lugar de pobres y desafortunadas almas, enterradas y olvidadas con el tiempo porque muchos de los que allí descansan no fueron reclamados en el momento de su muerte, bien por falta de familiares cercanos o bien porque estos no fueron informados de la defunción.
Hunt explica a Yorokobu cómo concibió su museo en la nube, un proyecto en el que comenzó a trabajar en 2011 tras tener, entre 1991 y 1994, la oportunidad de visitar y fotografiar el lugar. Así conoció a algunos de los familiares que, incluso a día de hoy, si quieren visitarlo, solo pueden hacerlo desde un mirador. Quienes intentan ir más allá tienen que ponerse en manos de abogados, pero son escasas las personas que logran entrar en el lugar (las autoridades se escudan en su mal estado de conservación).

Con su museo en la nube, Hunt quiere rescatar las historias de los fallecidos y que cualquiera pueda visitar, al menos de forma virtual, sus tumbas. La define como una herramienta «para la conservación de la historia», para la recuperación de nombres que pasaron al olvido por culpa de un inadecuado sistema de sepultura afianzado tras la guerra civil norteamericana.

De momento, son 62.231 los cuerpos que descansan en esta ciudad-cementerio (enterrados a partir de 1980) que figuran en la base de datos online del museo. Una presencia que ha sido posible gracias a la ayuda de voluntarios, desde familiares hasta abogados vinculados con la causa.

Algunos letrados han presionado, amparados por el derecho a la información, para que la administración de la ciudad de Nueva York diera un giro a su política y permitiera, «aunque aún de forma limitada», el acceso libre a los registros funerarios públicos.

Incluso han logrado que esos registros comiencen a hacerse públicos a través de internet. Es un «proceso muy lento porque la recopilación y organización de la información se hace a mano», dice Hunt, «y porque su liberación ha sido costosa».

Los datos que pueden obtenerse online incluye los nombres y apellidos de las personas fallecidas e identificadas, junto a un reloj que mide el tiempo que un fallecido permaneció olvidado hasta que alguien rescató su historia y explicó quién era esa persona con texto, imágenes, sonidos, vídeos y epitafios. También se ha incluido el número de personas enterradas en cada fosa, las fechas del entierro, las fechas de la muerte y el lugar donde expiraron.

Además, Hunt explica que solicitaron «información GPS de los lugares donde están las fosas», por lo que también es posible conocer, visualizar y viajar hasta el punto concreto donde fueron inhumados. La idea es que la base de datos sea llamativa y se convierta en una forma de transmitir esos relatos a generaciones presentes y futuras. «Mi trabajo como artista es crear obras que resuenen», añade Hunt.

Este proyecto ha sido de gran ayuda, sobre todo, para familias con escasos recursos que no podían emprender su propia lucha para acceder a los registros de entierro, y que desconocían cómo, cuándo y dónde sus muertos habían recibido el último adiós.

Melinda está convencida de que es posible recuperar la información de casi todas las personas que recibieron sepultura en Hart Island. No hay mucha esperanza, sin embargo, para los que no quedaron registrados en papel alguno tras ser enterrados. Son cuerpos que se perdieron entre las tumbas y de los que, incluso a día de hoy, es imposible saber la localización exacta. Por lo menos 1.000 bebés están en esa situación, y hay diez fosas comunes con 7.500 fallecidos sin documentación alguna.

Además, Hunt explica que, aunque la Oficina Forense tomó muestras de ADN de los fallecidos sin identificar a partir de 1990, no fue así con los de la década de 1980.

«Determinaron que era demasiado difícil exhumar esos restos». Jo-Ann J. Schmitz se lamenta en el Facebook oficial de Hart Island de que su abuela puede ser una de esas personas. Falleció en esa época mientras era atendida en un hospital mental, «nadie nos informó de su muerte y no sabemos si estará enterrada en Hart Island porque tampoco nos dijeron dónde la habían llevado».

Más allá del proyecto de Melinda, y en buena medida gracias a él, muchos de los familiares todavía albergan esperanzas, sobre todo después de que el Consejo de la Ciudad de Nueva York presentara, el 12 de marzo de 2014, una proposición de ley para hacer de Hart Island un parque público. De ser así, los ciudadanos podrían visitar las tumbas libremente. Perry Stefanese, que aguarda con anhelo el día en que pueda visitar a sus dos hermanos gemelos, fallecidos cuando eran bebés, da las gracias a Melinda Hunt por «luchar por ese derecho».
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Foto principal: ©1992 Melinda Hunt en colaborción con Joel Sternfeld.

Publicado en Yorokobu, por Lucía El Asri.

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