«El Lenin de Instagram»: socializando los ‘followers’ del arte

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¿Qué tienen en común Katy Perry, Justin Bieber, Barack Obama o Taylor Swift, aparte de la fama? Algo que muy posiblemente tú no tienes: millones de seguidores en Twitter. ¿Para qué sirven? La respuesta es clara: dan más visibilidad a su trabajo, más seguimiento,  más… ¿reconocimiento? En resumen,  más notoriedad y dinero. Claro que si para conseguirlo hace falta comprar seguidores falsos, pues se compran.

Esta es la historia de Constant Dullaart,  artista holandés que se define a sí mismo como «el Lenin de Instagram» y tiene muy presente lo importante que es en estos tiempos para un creador darse a conocer en internet. Por eso ha decidido pasar a la acción y comprar alrededor de 2,5 millones de seguidores para Instagram – una plataforma muy utilizada entre artistas – con el fin de repartirlos entre 30 compañeros del gremio cuyas obras son buenas, pero que pasan desapercibidas incluso para las intituciones artísticas, en gran parte debido a que sus redes sociales no son activas.

Cada uno de ellos ha recibido en torno a 100.000  falsos seguidores que les ayudarán, si todo va bien, a hacerse visibles y «deseables» para otra gente (real). Es una forma de «socializar el arte». Socialización, por otra parte, cuyo coste no supera  los 4.000 euros y que ha salido del bolsillo del holandés, que compró esos falsos seguidores en eBay.
La intención de Dullaart es que todos los artistas a los que ha ayudado tengan la misma cantidad de seguidores. En igualdad de condiciones, hay también igualdad de oportunidades para competir en el mismo mercado en busca de una audiencia.

¿Arte que nadie valorará?

¿En qué beneficia comprar seguidores falsos a un artista, a quien debería importarle más que el público aprecie sus obras y hable de ellas? La culpa la tiene una nueva ley que siguen algunos: si no eres conocido en las redes sociales, tu trabajo no importa. Siguiendo esta norma, si un creador quiere llamar la atención de instituciones, congresos y medios de comunicación para poder exponer su trabajo en las galerías más importantes, debe contar con cientos de followers.

Es la audiencia la que hace arte

Comprar seguidores puede estar mal visto, pero Dullaart se convence todos los días de que es algo «necesario», ya que cree que el arte no crea audiencia en  internet. «Por triste que resulte, cuando una persona tiene que elegir entre varias opciones suele decantarse por la más popular, y eso también ocurre en el mundo del arte», explica.

De ahí su denuncia: algo no necesariamente es más valioso por ser más popular. Una cuestión que, por desgracia, no tienen en cuenta todas las galerías de arte. Muchas de ellas basan sus elecciones en el éxito cibernético de quienes después expondrán en sus instalaciones. «En estos tiempos, un usuario puede ser más famoso por el número de personas ficticias que le siguen en Twitter o Instagram que por la calidad de su trabajo. No importa que alguien se dedique a vender su imagen, a publicar fotografías sexistas o de mal gusto: la mayor parte de las veces tendrá más apoyo popular que otras de más peso intelectual», se queja el holandés.

Pero las redes también tienen grandes ventajas para estos profesionales. Antes de internet, la única vía para difundir sus creaciones eran los medios de comunicación masivos, a los que contadas personas tenían acceso. Ahora la Red ofrece muchas posibilidades para quien sabe aprovecharlas. Dullaart analiza la situación y compara a los seguidores con «un capital social» que da valor a lo que esas personas dicen en sus redes sociales.

Hoy son muchos los artistas que publican y venden su trabajo gracias a Instagram, que acaba convirtiéndose (casi) en una galería online. Sus frutos después son presentados al público, también, en exposiciones oficiales y físicas. Por eso, más allá de la compra de seguidores falsos, Dullaart hace un reproche a estos profesionales:«cuando el mundo del arte es tan activo en esta red social, ¿por qué darle la espalda?».
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Las imágenes utilizadas para este artículo han sido cedidas por Constant Dullaart y Carroll / Fletcher

Publicado en Yorokobu, por Lucía El Asri

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