“Sin justicia no hay paz”

5Foto de Lucía El Asri

Bilin es un pequeño pueblo situado al oeste de Ramallah, en Cisjordania, famoso por sus protestas frente al muro que separa a israelíes y palestinos. Llegar allí no es difícil, pero es viernes y los autobuses no van directos a Ramallah, por lo que es necesario hacer varias paradas por el camino, siempre condicionadas por los puestos de vigilancia, que controlan cada grano de arena de la tierra de Palestina.

Cerca de Bab-al-Amud, también conocida como puerta de Damasco, en Jerusalén, tomamos un autobús hasta el puesto de control de Qalandia. Solo nos acompaña un pasajero. La parada permite observar una de las pruebas más evidentes de la ocupación: el muro que separa a israelíes de palestinos, e, incluso, a los palestinos entre ellos. Una construcción que la Corte Penal Internacional de La Haya declaró ilegal en julio de 2004, cuando sentenció que la barrera debía destruirse y que los palestinos tenían que ser indemnizados. Una barrera desesperanzadora, adornada con destreza por las pintadas que representan las imágenes del rais, Yasir Arafat, y del aún preso Marwan el-Barghouti. En él, varios mensajes dan la cara por los palestinos: From Palestine with love, Free Palestine, Free Barghouti, No justice…no peace.

Desde Qalandia otro microbús va directo a Ramallah, donde un taxi sube hasta el pequeño pueblo. Son las nueve y media de la mañana, y, de momento, nadie da señales de vida en Bilin. Sólo se oye el sonido de una cinta antigua con grabaciones del Corán. Proviene de una ventana enrejada. Al otro lado de la reja, un anciano ciego pasa las horas del día escuchándolo; sus vecinos cuentan que sabe todo el libro sagrado de memoria y puede recitarlo aleya a aleya.

El pueblo está presidido por una gran mezquita; es modesta pero destaca en el paisaje: color arena, de puertas azules y alminares de tonalidades doradas. A su alrededor, en los muros de las casas, dibujos de Yasir Arafat y la bandera palestina, y carteles que recuerdan a los mártires. Bilin guarda, sin duda, la esencia de la resistencia palestina. De allí es Iyad, activista palestino que desde hace años se encarga de guiar a otros activistas internacionales por el muro y de organizar las manifestaciones cada viernes frente a él, con los asistentes habituales.

Cerca de la mezquita, una tienda madruga para preparar el dulce qatayef para los habitantes de Bilin y de los pueblos cercanos. Lo elaboran la hija mayor de la familia, Yanat, y su padre. No tardan en llegar la hija pequeña, otros dos hijos varones de 18 y 10 años, y los nietos. Todos ayudan en las labores de la tienda. Pero, además, el lugar sirve como sede de la Asociación para la Herencia y Documentación de los Crímenes de la Ocupación (48 Association For Heritage and Documentation of Crimes of the Occupation), creada en 2011 por uno de los hijos de la familia que desde hace años se encarga de recoger todo tipo de pruebas que ayuden a confirmar el daño de la ocupación. En la parte superior de la tienda se encuentra la vivienda. Una casa modesta que alberga en una amplia habitación esas pruebas: armamento variado, desde granadas de mano a casquillos de bala de todos los tamaños que el ejército israelí usa en su labor diaria de intimidación contra la población palestina de la zona.

A la una los musulmanes se preparan para el rezo del mediodía Para acceder a la parte donde deben estar las mujeres en la mezquita es necesario dirigirse al lateral del edificio y descender unos escalones; allí se encuentra una pequeña habitación donde las creyentes se descalzan para entrar rezar. Solo hay diez mujeres en el templo; todas ancianas menos una niña, su madre y otra adolescente. Al finalizar el rezo, los activistas esperan a las puertas de la mezquita para subir juntos hasta el muro y comenzar la manifestación. Organizados por coches, inician el ascenso. A 500 metros del muro bajan de los vehículos y, tranquilamente, unas 50 personas (activistas internacionales, palestinos, fotógrafos y periodistas) comienzan a caminar hacia él. Por lo general, los asistentes son más de 200, pero en Ramadán y en viernes, la presencia se reduce.

Bilin

Sin prisas, sin alteraciones, avanzan. Entre las manos de los manifestantes ondean banderas palestinas. Iyad da las primeras indicaciones: «Si os acercáis al muro, utilizad un pañuelo que os cubra la boca y la nariz porque el ejército israelí suele utilizar agua con sustancias dañinas y lanza gases lacrimógenos». Apenas avanzados 10 metros, mientras algunos toman fotos, se oye a lo lejos un fuerte estruendo. Sobre los activistas cae una lluvia de pequeños saquitos de gases lacrimógenos que cubre el aire de una especie de humo blanquecino. Sin pensarlo, palestinos, españoles, ingleses, alemanes e italianos corren con todas sus fuerzas cuesta arriba, en dirección contraria al muro. Solo una chica y un fotógrafo se quedan en el lugar. Ella mantiene en alto una bandera palestina y él la fotografía para dejar constancia de lo ocurrido. El ejército israelí dispara antes de que los manifestantes comiencen a corear sus consignas: «Free free Palestine, Israel is a zionist state». Iyad aconseja no correr al oír el ruido de lso disparos: «Cuando ocurra, es mejor que os paréis, miréis al cielo y veáis en qué dirección van los gases, así podréis correr en la opuesta».

El gas lacrimógeno ha afectado a parte de los manifestantes. Mareos, ojos llorosos, son algunos de los síntomas. Al mismo tiempo, lejos de los activistas y más cerca del muro, unos niños juegan en los columpios. Ajenos y acostumbrados a la reacción israelí, siempre desproporcionada. Su forma de participar en la resistencia no muestra un ápice de temor; apenas se inmutan ante las amenazas militares.

Los palestinos que suelen asistir a la manifestación se arriesgan y van más allá, casi tocan el muro, del que los separa una pequeña alambrada. No les importa el gas, las posibles pelotas de goma o los disparos que pueden llegar en cualquier momento. Uno de ellos, hermano del creador de la asociación mencionada, es, quizá, uno de los más valientes. No puede mover gran parte del cuerpo, pero eso no le impide desplazarse en silla de ruedas. Lo alcanzó en el cuello una bala israelí, que lo dejó inmóvil de por vida. Toma fotos justo delante del muro y regresa.

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A los pocos minutos aparece uno de los habituales símbolos de la resistencia palestina: dos jóvenes palestinos, altos, con el rostro cubierto por un pañuelo de cuadros blancos y negros. Uno lleva una camiseta morada y pantalones de militar. El otro viste una camiseta negra, sin mangas, y sujeta en la mano derecha su única arma: un tirachinas. Es el puro retrato del oprimido frente al opresor. A pesar de que el ejército israelí se encuentra a un kilómetro de distancia, su munición llega fácilmente hasta donde nos encontramos. La piedra del joven, lanzada con un tirachinas, apenas roza el muro. Una imagen que, tras más de 20 años de la primera Intifada, ilustra a la perfección la idea de tanques contra piedras.

Con el sol de la tarde quemando la piel en pleno campo, concluye la manifestación. Los activistas regresan al pueblo, donde cada uno toma una dirección (Jerusalén, Belén, Ramallah…). La vuelta a Jerusalén es más complicada que la llegada a Bilin. Hay que desarrollar la paciencia de los palestinos para pasar los puestos de control de Qalandia. Allí, los palestinos padecen el maltrato de los jóvenes israelíes entrenados para actuar como lo hacen. Los palestinos reciben gritos continuos, y, tras esperar minutos a cruzar una puerta —que recuerda demasiado a la de una cárcel— los obligan a cambiarse a otra para hacerles perder el mayor tiempo posible en su trayecto de vuelta a casa. No es excepcional, apenas un reflejo más del día a día de los palestinos en su tierra.

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