Alberto Arce: “Comprender a la gente es mucho más complicado que verla morir”

“No creo que nadie se esperase que leyesen sus derechos a Gadafi”
 
 
 

“No hay nada peor que un periodista con prisas”. Así es como finaliza Alberto Arce su reciente libro, Misrata Calling, prologado por Javier Espinosa (El Mundo), donde recoge en 181 páginas todo lo que vivió en la ciudad libia durante la revolución que llevó a los rebeldes, con la ayuda de los bombardeos y la exclusión aérea de la OTAN, a ganar la guerra contra Muammar Gadafi.

La idea de escribir el libro surge de la frustración de su autor al no poder transmitir todo lo que desearía en el documental que le precede, Misrata: Vencer o morir, “y de la sensación de coitus interruptus que me genera el documental. Ves 1000 horas, grabas 60 y muestras 50 minutos. No me llega. Soy un ansioso”. La necesidad de contar más, de transmitir aquello que no puede llegar al público a través de las imágenes le llevó a redactar el texto, partiendo del guión del documental.

Durante el conflicto se pasó los días hablando con los libios, “en conversaciones eternas que duran desde las 7 de la tarde hasta las 4 de la mañana, mientras tomas té con ellos, al lado de un kalashnikov”, y donde descubre que eran un torrente de palabras que querían contar por qué estaban luchando por la revolución. Después de muchas horas de conversación,“yo, que no he entendido nada de lo que ha ocurrido, debo tener la capacidad de comprimirlo de tal manera que la información que he recogido le sirva de algo a alguien”. Considera que, como periodistas, nunca se podrá contar bien una historia en un contexto en el que cada vez se pide más a menudo que todo sea más corto, y eso al final, “te deja esa sensación de que en 2.000 palabras no puedes contar todo lo que debes, consideras que solo nos quedan los libros, que son los que nos salvan. Además, tal y como confesó durante la presentación de su trabajo en Madrid, le daba cierta vergüenza el resultado obtenido tras el montaje del documental, “sentía que yo era el protagonista, cuando deberían serlo los libios”.

En la búsqueda de algo nuevo que llamara la atención de los medios, Arce pretendía diferenciar su trabajo del de otros periodistas que cubrían la zona, aunque su principal objetivo era Bengasi, una de las ciudades que acumulaba el mayor número de informadores. Finalmente, y tras una conversación que mantuvo con una familia libia en Madrid, decidió que su destino sería Misrata.

¿Por qué Misrata? ¿Qué aspecto le hacía un punto interesante o al menos más interesante que otra ciudad libia?

Lo que diferenciaba a Misrata era “la importancia y la escasez. En Misrata se jugaba el futuro de la guerra y era la ciudad en la que menos periodistas había. La ciudad estaba rodeada y si hubiera caído Misrata, quizás, sólo quizás, la moral rebelde y oficialista podría haber cambiado. Fue un asedio largo y duro. Había que contarlo”.

Y, “sin ser consciente de ello”, se metió en un barco que en 72 horas le llevó a un lugar en el que, “cuando miro delante de mí veo a un abuelo de 21 años, donde los chicos que tienes enfrente te dicen que tienen que hacer una emboscada a una unidad de Gadafi que está a 7 km de nuestra posición, pero hay problemas: no tienen prismáticos, no tienen oficial, hay unas 40 personas que quieren llevar a cabo esa emboscada pero también hay mucha indecisión y únicamente 6 balas. Esa confusión y falta de organización me recordaba al caos de la Guerra Civil española”.

Toda guerra necesita a un periodista que dé cuenta de lo que está pasando, que genere una chispa de esperanza entre la población, a pesar de que, como comentó el periodista en Madrid, “hubiera gente desde fuera que nos dijera que éramos unos mercenarios propagandistas”. Pero todo periodista que se sumerge en una guerra también arriesga, se convierte en una ficha más del conflicto, aunque él, a diferencia de la población que se ve sometida a las bombas, lo elige por propia convicción, a pesar de que no cuente con el apoyo de un medio determinado, es lo que Alberto Arce denomina“periodismo pese a la prensa”. ¿Merece la pena arriesgar tanto cuando no se sabe con seguridad que un medio vaya a comprar tu historia? “Si al final te sientes periodista, que los medios te hagan caso o no es lo de menos. Son ellos los que cierran, no nosotros. Un medio es un negocio, el periodismo es un estilo de vida. Si no publicaron lo que les envié fue porque se equivocaron ellos. Siempre merece la pena trabajar, se reconozca ese trabajo o no. Esto es una carrera de fondo, una apuesta a larguísimo plazo, no va de reconocimientos ni cortoplacismos”. Se trata de periodismo pese a la prensa y pese al peligro, un trabajo que cobra fuerza cuando descubres en tu lectura a la recientemente fallecida en Siria, Marie Colvin, durmiendo plácidamente sobre el único colchón de una habitación en Misrata que sirve para alojar a los periodistas.

Emociones muy opuestas se describen en el libro. Desde el asesinato a sangre fría de seguidores de Gadafi y de rebeldes, hasta pensamientos del periodista sobre su familia en plena batalla, “te fracturas porque piensas que estás ahí ejerciendo un papel que no te corresponde cuando ves cómo un hombre ha perdido 25 años de vida, su casa y a su hija, y consideras que no tienes derecho de pedirle que te cuente algo”.

¿Cómo se gestionan esos sentimientos? “Mirando alrededor y por imitación”, comenta, “Yo veo morir a un combatiente, pero también lo ve morir su hermano, que combatía junto a él. El que lo pasa mal es el hermano, el amigo, la familia, no el que está allí trabajando porque lo ha elegido. Está un tanto mitificado. Lo importante es contarlo no cómo gestiones luego los recuerdos. A fin de cuentas la muerte es tan habitual como la vida, ¿por qué hacer diferencias? En la guerra la gente muere. Es lo normal. A todo se acostumbra uno con tiempo y paciencia. Comprender a la gente es mucho más complicado que verla morir”.

 

Y a veces

el destino hace de las suyas. Puede darte una gran exclusiva o robártela. Es lo que comenta Alberto sobre el tiempo, “lo que no sacas a la primera, ya no sale, demasiadas veces. Una pena. Así es”. Y quién le hubiera dicho que, de haberse quedado un tiempo más en Libia y haber permanecido junto al joven que hizo de traductor durante su estancia, Omran, habría, tal vez, podido grabar la captura del mismo Gadafi. Lo describe como un chico muy educado, culto, que habla inglés perfectamente, y que al comienzo de la revolución se oponía a ella, pero que cuando vio los primeros disparos, la muerte de sus vecinos, los insultos de Gadafi hacia sus ciudadanos, o que éste los llamase terroristas de Al Qaeda, su opinión cambió.Nunca había tocado un arma y no pretendía hacerlo nunca.“Pero el día que matan a Gadafi, ves un vídeo donde sale Omran agarrándole por la cabeza, y dices, ¿aquí qué ha pasado? Javier Espinosa le encontró, como siempre, y descubrió que hacía unos días el Ejército de Gadafi había matado a dos de sus hermanos. Ahí está la respuesta de por qué pasan las cosas. Si solo te quedas con el último fotograma, y ves a Omran agarrando a Gadafi por los pelos, dices: estos tipos que cogieron al pobre hombre indefenso y lo lincharon son unos criminales. Bueno, eso es fácil decirlo si no has visto qué ha pasado durante 40 años. Eso no le quita bestialidad, me pareció una bestialidad, pero no creo que nadie se esperase que le leyeran sus derechos”.

El triunfo rebelde en Libia estuvo condicionado tanto por “el apoyo aéreo de la OTAN” como por “la motivación y el impulso de luchar por la libertad, que acaba por compensar la balanza. Los rebeldes eran muchos y se lo creían de verdad”. La ayuda de la OTAN “les permitió ganar la guerra a corto plazo y derrocar a un dictador, que nunca puede ser negativo. Pero construir la democracia es algo más largo y complicado y no va a ser la OTAN la que les solucione el problema que tienen ahora”.

Y, en el fondo, el pasar tanto tiempo con una parte del conflicto también te condiciona, “eso es un hándicap, siempre acabas tomando partido, eres humano, ¿Cómo no hacerlo? Quien diga que no lo hace, miente. Mientras no hagas propaganda, siempre puedes y debes, por honestidad, dejar claro con la mayor elegancia posible, lo que piensas y sientes. Somos personas y tenemos sentimientos e ideología, el que lo niegue está jugando con la hipocresía”.

Justo cuando Alberto Arce decide volver a casa ante la única oportunidad que prevé de salir del país, el periodista se reencuentra con un ciudadano argelino que conoce en un bar de Misrata y que le ofrece la posibilidad de contar la versión de la otra parte, “Estos rebeldes os están engañando, las cosas no son como os han dicho. Aquí vivíamos muy bien hasta que empezaron las protestas. Ahora todo se ha torcido. Tenéis que escucharnos también a nosotros”.

¿Volverás a Libia para informar sobre la postguerra o para hablar con el hombre argelino?

“Lamentablemente y trabajando en Honduras, Libia ya es pasado”, comenta Arce, “No soy corresponsal en el norte de África sino en América Central, por eso escribí que no hay nada peor que un periodista con prisas”.

Gadafi cae y, ¿nos hemos olvidado de Libia?

“Cuando terminan los fuegos artificiales, siempre decae la atención. Ahora es todo más gris y complejo. Requiere de mucho análisis y esfuerzo. Y sí, Libia ha perdido interés para los medios”, comenta el periodista. De momento la situación para los perdedores “pinta feo, ellos siempre sufren las represalias de los vencedores, y más en una guerra civil”, por tanto, el presente y futuro de la población negra, que desde el inicio de la revolución fue vinculada de forma generalizada con el régimen de Gadafi, se plantean desesperanzadores. “Que nadie se crea que los rebeldes han hecho cursos sobre habeas corpus o trato decente a los detenidos, no seamos ingenuos. Muchos gadafistas han muerto, otros se han exiliado y para muchos otros comienza ahora un largo período de exilio interior, me imagino”.

Por Lucía El Asri

 

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