Niños sirios tras la pancarta y el altavoz

 

Un domingo cualquiera niños corrientes juegan en el parque, pasan el día en casa de sus abuelos, comen con sus primos, o dan un paseo con sus padres. Pero Rania, Sanaa, Abude, Asmaa, Fatiha y Layla (pseudónimos) no lo hacen. Ellos viven la guerra desde la distancia.

Rania tiene diez años, su hermana Sanaa, siete. La más pequeña es tímida y apenas habla. Casi no sabe por qué se manifiesta todos los domingos frente a la Embajada de Siria en Madrid ni quién es Bachar Al Assad, aunque tiene claro que “es un señor muy malo”.  Sanaa siente que concentrarse es algo justo y, junto con el resto de su familia, no queda excluida de las protestas: “Mi tío ha muerto y está muriendo mucha gente, por eso vengo”.

Rania, la más mayor, habla con mucha determinación. Es clara y tiene una fuerza en la voz difícil de describir. Demuestra una madurez bien formada para su edad, demasiado, quizás.

Abude y Asmaa son hermanos. El pequeño tiene cinco años, la niña sólo dos, no levanta ni un metro del suelo. Fatiha y Layla también son hermanas, ambas tienen ocho años. AISH ha hablado con ellos y con sus madres (Omnia y Aida, también pseudónimos) durante varias semanas, para intentar saber cómo viven el conflicto en Siria.

¿Por qué os concentráis los domingos frente a la Embajada de Siria?

“Porque tengo un tío mártir, otro herido y otro que ha salido de la cárcel hace varias semanas. El presidente no se quiere levantar del trono y él es el cerebro de todo lo que está pasando en Siria, llevamos viniendo aquí casi ocho meses”, dice Rania.

Fatiha y su hermana Layla lo hacen porque quieren que el presidente de Siria se vaya y que España eche al embajador “porque el presidente está matando y el embajador le apoya”. El pequeño Abude, dice que él se concentra porque los shabija, o asesinos del régimen, están matando a mucha gente. Su hermana Asmaa, apenas sabe hablar pero grita en un árabe claro: “¡Quiero ir a manifestarme!”.

Los niños utilizan palabras como manifestación, ensangrentada, dictadura, matar o expulsión, términos incomprensibles para ellos pero a los que están acostumbrándose a marchas forzadas. Son vocablos que tienen muy cerca y que no pueden obviar. Las madres lo explican: “De tanto escucharlos en las manifestaciones se quedan con ellos, pero realmente no los llegan a comprender con exactitud y se lo explicamos lo mejor que podemos”.

Ellos se implican activamente en las concentraciones, pero también hacen otras actividades. El 30 de julio fueron los protagonistas de El día internacional del niño sirio que se celebró en la Puerta del Sol. Durante este día se organizaron actividades para explicar cómo viven los niños en Siria, y los pequeños representaron en una obra de teatro el comienzo de la revolución siria. En ella podía verse a unos niños escribiendo en la pared y unos soldados pegándoles. Cuando terminó el teatro los niños dijeron que eso era lo que había pasado realmente y la gente no podía creerse que una revolución hubiera comenzado de esa forma, explican las madres.

¿A vosotros qué os gusta hacer? ¿Os gusta jugar? ¿Estar con vuestros amigos?

“¡Sí, sí!”, dicen todos.

¿Y qué pensáis que están haciendo ahora los niños en Siria?

“Se están manifestando”.

La impresión de la muerte

Son muy pequeños y lo que más les impresiona es que la gente muera, comentan sus madres, “es lo que más les impacta y les duele”. Y algunos tienen miedo. “Tengo un poquito de miedo porque Bachar está matando”, comenta la hermana de Fatiha. Pero Abude, de cinco años, afirma no sentir temor y dice que le gustaría  tirar al mar al presidente sirio, que se le coman los tiburones y que de esta forma Siria pueda descansar.

Su madre lo desmiente. Tienen familiares muy cercanos en Daraa, donde comenzó la revuelta. Hablaba mucho con ellos por Facebook, sobre todo al principio de la revolución cuando aún no se difundía mucha información por la televisión. “De noche. él se levantaba llorando, diciendo que se estaba peleando con los Shabija, sólo con lo que escuchaba le bastaba para estar mal”. También cuenta la madre que un día pasó un avión por encima de su casa y el niño se escondió debajo de la mesa. Omnia (pseudónimo) se puso a llorar solo de pensar cómo lo tenían que estar pasando los niños en Siria, y el niño le dijo: “Entonces sí son los Shabija, Bachar ya ha llegado a España, ¿verdad?” La madre le calmó y  le dijo “no, estoy llorando porque me duele la cabeza. Pero quieras que no, ellos lo sienten, aunque no lo hablen, tienen miedo. Y eso que casi no ven cosas, pero lo saben todo porque nos escuchan hablar con familiares de allí”. Omnia los saca del salón para poder ver las noticias y que ellos no estén presentes.

Estos niños no quedan al margen de lo que está pasando en Siria y, a pesar de su edad, acceden a vídeos de la revuelta a través de la red, Rania y Sanaa cuenta que “en Internet hemos visto que matan a gente, les cortan la cabeza y las ponen en las aceras” dicen. Participan activamente en las concentraciones frente a la Embajada de Siria en Madrid donde corean las canciones dedicadas a los jóvenes activistas sirios, canciones  que han aprendido de tanto escuchar tras 8 meses de conflicto. También venden chapas y pegatinas de Siria, reparten panfletos informativos y son los primeros en coger el micrófono para cantar un ¡Viva la lucha del pueblo Sirio! o ¡Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura de Bachar!.

Rania y Sanaa, hablan con su tío recién salido de la cárcel a través de la red. Él está en Homs donde, debido a las dificultades y los cortes de Internet, en ocasiones los sirios cogen las líneas de Líbano. “Mi tío nos cuenta que hay personas a quienes tiran balas a los ojos y se quedan ciegos, o les cortan los brazos”. Ver por televisión lo que ocurre en su país les da pena, sienten ganas de llorar al ver que hay familias donde han muerto todos sus integrantes. Les preguntamos por Hamza, uno de los niños mártires de la revolución y Rania se queda pensativa. “Sé que tenía 13 años y que murió, pero no sé mucho más. Lo que sí sé es que un niño iba en el autobús de vuelta a casa, alguien disparó y el cristal explotó, se le metió en la cabeza y el niño se murió”.

La madre de Abude dice que un día estaban cerca de una comisaría de policía y el niño se escondió detrás de ella diciendo “No, no, no, no pasemos por aquí¿Por qué?”, dijo la madre, “¿Es que no sabes que la policía mata?”, contestó el niño.  Explica Omnia que cuando su hijo ve por la televisión a los soldados sirios cree que son como policías, por eso ella le intenta explicar que no lo son y él le dice: “¡Ah, entonces, ¿Shabija no es policía? ¿El Ejército es el que mata?

Y le dice, “no, pero en Siria están matando porque son malos, pero la policía es buena”. “Ah vale, entonces yo voy a hablar con este policía”, dijo Abude, “¿Y para qué vas a hablar con él?”, preguntó la madre. “Para que vaya a detener a los shabija de Siria porque éste es un policía bueno y nos tiene que defender”

Una situación difícil de explicar

Para las madres resulta complicado explicar a sus hijos lo que está pasando. La conciencia que tienen los niños sobre lo que ocurre en Siria viene determinada por lo que viven en sus casas. Aida compara a sus hijas la situación de Siria con la de España, les explica que aquí, cuando la gente necesita dinero o trabajo sale a la calle a pedirlo y no les pasa nada, “es una cuestión de libertad”, comenta. “Pero allí en Siria no les dejan hacer nada, les están matando”, les explica, “y claro, ellas me decían: ¿Pero antes era bueno y ahora es malo (Bachar Al Assad)? Como diciéndome… ¿por qué esto no pasaba antes? Y yo les digo que no, él siempre ha sido malo, nunca le ha dado dinero a la gente, ni trabajo, les trataba mal, pero la gente no hablaba. Y cuando han salido a la calle para decirles lo que necesitaban pues ha ido Bachar y sus soldados y los han matado”. A partir de estas explicaciones ellas consiguen comprender el tema.

Omnia y Aida no permiten a sus hijos ver imágenes de lo que está pasando en Siria. Les explican cuál es la situación porque no pueden dejarlos al margen de lo que está ocurriendo, pero no permiten que vean imágenes tan crudas. “Pero a veces Abude me coge el ordenador mientras yo estoy haciendo cosas de casa y me dice: Mamá, esto no lo tendría que haber visto, le han matado”. La niña de dos años reacciona igual, “Cuando en Al Jazeera sale la canción de Siria mi hija se tapa los ojos y me dice: ¡Siria, Siria, ven a ver, yo no puedo ver!”.

“Nosotras no vemos las manifestaciones de Siria que salen en la tele porque mamá no nos deja”, comentan Fatiha y Layla. “¿Y sabes por qué no os dejamos?” Le dice Aida, “No”, contesta una de las niñas. “¿Qué viste ayer en la tele cuando yo no estaba?” Dice la madre. “Que un soldado estaba pisando a un hombre muerto, responden”.

¿No les da miedo llevar a sus hijos frente a la Embajada?

“Sí, a una compañera nuestra una persona de la embajada le amenazó. Le dijo: ”¿Estás casada?´; y ella le contestó, “Sí”, “Pues ten cuidado con tu marido y con tus hijos”.

Aun así, ambas piensan que sólo son amenazas, “juegan con nuestro miedo, pero el pensar que ellos son unos cobardes ya nos hace fuertes, no tenemos por qué sentir temor”. Creen que es normal que los niños puedan sentir miedo y que incluso tengan dudas. Una de las mayores preocupaciones de los pequeños es no poder ir a Siria. “Mi hija me decía un día que ella no quería ir a la manifestación si no podía volver a Siria, y esas dudas suyas son normales porque son unos niños”. Por eso intenta explicarles que deben hacerlo para apoyar a la gente de allí, “porque hay niños como vosotros que no viven igual”, eso anima a los niños. El hecho de que vayan más niños refuerza sus ganas de participar. Abude suele llorar cuando su madre no puede llevarle a la manifestación.

¿Realmente merece la pena que se impliquen tanto en esta lucha siendo tan pequeños?

“Yo creo que sí, hay que tener en cuenta que son nuestros hijos”, dice Aida.

Omnia al comienzo no quería implicarlos ni hablarlos de lo que estaba pasando hasta que vio un vídeo donde salía un niño de 3 años en el pueblo de su marido. Sus hermanos y su padre habían sido asesinados y su abuelo puso al niño frente a ellos y le dijo: “A ellos los mató Al Assad, te tienes que vengar”. En ese momento ella pensó: “Si en Siria los niños se están enfrentando a esa verdad y son tan fuertes como para poder recibirla, ¿por qué tenemos que tener miedo de que nuestros hijos sepan lo que está pasando? No. Tienen que vivirlo”.

“Nuestros hijos no sobrevivirían”. Cree que no podrían soportar estar allí sin luz, ni agua, sin comer sus chocolatinas…, y por eso a mí me da pena que nuestros hijos sean así y no como en Siria, por eso tienen que vivirlo.

“En el fondo lo que pasa aquí no es ni el 1% de lo que está pasando allí”, comenta  Aida. Además, ella cree que es necesario concienciar a los menores para que crezcan con el sentido de la humanidad, de saber cooperar cuando se necesita, de estar ahí cuando ocurre algo. “Si nosotros les implicamos en otras causas, ¿Cómo no lo vamos a hacer con la nuestra?”

A la gente de Siria lo único que les puede dar fuerzas es sentir el apoyo en otros países, comentan las madres, por eso tenemos que salir. Es un apoyo para los de dentro. Muchas veces nos dicen: ¿dónde estáis los de fuera, dónde estáis los de España, sois sólo 20? Y aquí hay más de 7.000 sirios.

¿Si ustedes vivieran en Siria, se manifestarían y llevarían a sus hijos a esas manifestaciones?

“No, yo te lo digo, si estoy allí ante todo soy madre. Cuando lo veo (en Siria) digo: está madre está loca, cómo le puede dejar salir a la calle”, comenta Omnia, sin embargo a su marido sí le enviaría a manifestarse.

Aida cree que debería verse en esa situación para poder opinar. Se dice a sí misma, “¿Cómo voy a salir con mis hijas sabiendo que hay uno que está matando ahí fuera”?, y por otro lado piensa que, quizás, si estuviera en Siria vería más de cerca a la gente y su sufrimiento y saldría a la calle sin pensar en el peligro.

Omnia explica que en la familia de su marido murieron dos niñas, de 2 años y 6 meses,  después de que bombardearan su casa. En Siria las madres ven continuamente a chicos de 20 años, “que están en la mejor edad, con toda la religión y cultura que llevan”, explica, “ya tienen tanta pena dentro que el hecho de que se les muera un niño pequeño lo están empezando a  asumir como algo cotidiano. Las bombas se han normalizado. Cuando hablan con gente del interior de Siria les dicen cosas del tipo: “Ahora los niños no pueden dormirse sin escuchar el sonido de los disparos por la noche”.

También explican que en Siria ahora no pueden llevar al hospital a los niños por miedo ya que “las propias enfermeras son de los shabija. Si tú metes un niño al hospital, olvídate del niño”.

Los jóvenes de la revolución

Los jóvenes sirios de España tienen un papel activo en la revolución desde la distancia. También se concentran para apoyar a la revolución siria y presionar al embajador para que se vaya. A. C es uno de ellos,  tiene 15 años y es de origen sirio.

“A mí nadie me dijo que tenía que ir a las manifestaciones, vi todo lo que pasaba y no podía quedarme en casa”, dice. Su padre al principio le aconsejaba que no fuese, que esperara hasta que el tema estuviera más claro, de hecho hasta la tercera concentración no empezó a ser activo. Cuando decidió ir a la primera concentración su padre fue quien le llevo frente a la Embajada, “antes de bajarme del coche me dijo: una vez vayas ya no hay vuelta atrás, ¿estás seguro de que quieres ir? Me quedé pensativo y dije: Sí, papá”. Ese día fue “con miedo” pero a partir de ese momento “me sentí orgulloso. Merece la pena”.

Él nunca hubiera pensado que las cosas en Siria pudieran ser tan violentas. Cuando vio las fotos de los niños torturados de Daraa (los que propiciaron el comienzo de la revolución) sintió pena pero también orgullo de que no tuvieran miedo. “Pero es una animalada, los que hicieron eso no son personas, son animales. Yo nunca pensé que fuera tan duro”.

Cada vez que viajaba a Siria  sus padres le advertían para que no hablase de ciertos temas o dijera determinadas cosas. Cuenta cómo a los 11 o 12 años estaba con sus primos pasando un verano en Siria y les dijo: “¿Por qué vuestro presidente es tan duro?” en ese momento todos los niños se giraron y le dijeron: “Cállate, no te conocemos”. Se calló sin saber muy bien lo que ocurría. “Tienen mucho cuidado y les da mucho miedo todo”. Cree que aquellos jóvenes sirios que no apoyan la revolución ganan algo a cambio o están presionados o influidos por sus padres, y no pueden o no quieren ver la realidad.

A su alrededor la gente reacciona de diferente forma cuando saben que participa de forma tan activa desde España. En el instituto no les hablan de lo que está pasando en Siria, “les hablo yo porque no tienen ni idea, intento enseñarles vídeos”. Muchos le dicen: “Deja esas cosas a los mayores”, pero confiesa que no puede, otros simplemente le dan la enhorabuena. “Yo no podría dormir por las noches si dejo de lado el tema. Me siento en la obligación de ayudar como pueda y si no lo hago me sentiría mal porque estaría traicionando a mi pueblo”.

“Ellos quieren meternos miedo y no podemos caer en esa trampa”.

No tiene miedo de lo que le pueda pasar a él, pero sí le asusta un poco que le suceda algo a su familia en Siria, “pero es lo de siempre, muchas palabras y luego nada, ellos quieren meternos miedo y no podemos caer en esa trampa”.

Hasta hace poco mantenía contacto con un chico de Siria al que conoció el verano pasado. Le agregó al Facebook y vio que el joven tenía fotos de Bachar Al Assad, a lo que casi no dio importancia. Pero cuando comenzó la revolución el sirio empezó a ponerse como foto de perfil las imágenes del presidente. Un día el joven habló con A.C para preguntarle cuándo volvería a Siria, “Cuando vuestro presidente se vaya”, dijo A.C, “¡Cállate, no digas eso!”, le respondió, entonces A.C comenzó a pasarle vídeos de las manifestaciones en las ciudades sirias y le dijo: “Yo no tengo a traidores en mi Facebook”, le borró y desde entonces no sabe nada de él.

Tiene claro lo que les diría a aquellos jóvenes sirios que arriesgan sus vidas diariamente: “Sois unos héroes, felicidades, me siento orgulloso. Para mí eso es valentía porque luchan con la voz y  siento admiración”.

¿Si estuvieras en Siria saldrías a la calle?

“Por supuesto”.

Aunque sus padres no le dieran permiso saldría sin dudarlo. “Mi madre seguro que no me dejaría pero yo me iría con mi padre”.

 ¿Y te arriesgarías a poner en peligro tu vida?

“Mi vida sí, no estoy manteniendo a ninguna familia ni nada, así que, por qué no…no tengo excusa para no salir”.

En España algunos jóvenes fueron a una fiesta que hicieron en la Embajada de Palestina “para apoyarles, con nuestras banderas”. Y allí estaba el embajador sirio que nos echó la bronca por maleducados, nos llamó sinvergüenzas”. Cuando los chicos se enteraron de que el embajador estaba allí salieron a esperarle fuera y en el momento en que iba a subir al coche, los jóvenes empezaron a gritar “Dios, Siria y libertad”, y  el embajador se bajó del vehículo y dijo: “¿¡Pero no tenéis vergüenza de decir eso!?” “¿Pero vergüenza a qué?”, se preguntaron ellos, “¿de Dios, de la libertad, de Siria o de las tres cosas?”. Rápidamente recibieron el apoyo de los egipcios y libios de la embajada. “Los egipcios que se iban ya en el coche se bajaron para apoyarnos”.

“Cuando vi los primeros vídeos de la revolución en Siria no me creía que estuviera pasando”. Comentan A.C y las madres de los niños pequeños que nadie pensaba que en Siria pudiera ocurrir lo que en otros países árabes porque es un lugar donde muchos europeos tienen grandes intereses. A.C admite que al principio era normal que la gente tuviera dudas de si el régimen caería o no, “pero ahora está claro, va a caer seguro porque los familiares de los más de 4.000 muertos no pararán. No pueden. Si matan a mi hijo no me puedo callar”.


Por Lucía El Asri

 
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