Marrakech, la ciudad roja que sabe a dátil y té moruno

Aprovechando los buenos y añorados recuerdos, os presento un reportaje que publiqué sobre uno de mis viajes a Marrakech, en verano de 2010 en El Inconformista Digital.Dejando tras de mí la Península Ibérica, crucé el Mediterráneo por las nubes, donde casi pude apreciar ya el olor a la tierra roja que me esperaba, Marrakech.

Con más de millón y medio de habitantes, situada a los pies del Atlas, esta ciudad de origen bereber fundada por los almorávides aproximadamente en el 1062, apodada “La Ciudad Roja” o “La Perla del Sur”, da nombre a su país, y ha sido varias veces en su historia capital del mismo. Su nombre correcto, traducido al alfabeto occidental, es Marraksh.

Cuenta la leyenda que Ben Tashfine, fundador de Marraksh, se dirigía con sus soldados bereberes convertidos al Islam hacia el sur del Magreb, con la misión de convertir a los no creyentes y con el objetivo de conquistar las rutas hasta el norte de Marruecos y seguir hasta Al-Andalus, cuando decidió que, habiendo llegado a la planicie de Haouz, sus soldados descansarían en ese lugar, a los pies del estratégico Atlas. Mientras lo hacían, comieron dátiles que habían traído de la zona presahariana, y fueron tirando sus huesos al suelo. Con el tiempo, habrían nacido de esas semillas, la inmensa cantidad de palmeras que caracterizan hoy en día este paraíso marroquí, y que crecieron y se mantuvieron gracias a la construcción de un complejo de irrigación de origen persa por parte de Ali Ben Youssef, que aprovechaba las aguas subterráneas. De ahí a que comenzaran los primeros asentamientos de tribus bereberes (unas 70), que dieron lugar a lo que hoy conocemos como Marraksh. Fue allí, donde Ben Tashfine construyó una alcazaba y mezquita de las más importantes del país.

A esa tierra me dirigía yo el verano del 2009, junto a mi familia. Pisaría el mismo suelo que Ben Tashfine y sus soldados, y tocaría las palmeras que ellos originaron. Una hora y cuarenta minutos es lo que tardé en llegar desde Barajas hasta el aeropuerto de Marrakech Menara. Allí, las puertas del avión se abrieron y mi primer contacto con el lugar se tradujo en una bofetada de calor, alegrada por la presencia acogedora del recinto. Comparado con el aeropuerto de origen, este era mucho más pequeño, y combinaba a la perfección la arquitectura típica marroquí, sus paredes rojas de adobe, con lo que pretendía mostrar una arquitectura del país más moderna. Su interior, recogía el aroma de lo que afuera me esperaba; sillones y asientos al más puro estilo marroquí, adornados con sortilegios y telas distintivas de la zona.

En su exterior la presencia era amable, un edificio alargado, blanco, formado por rombos que semejaban la construcción típica, y grandes ventanales que permitían que la luz entrara sin complicaciones, adornados con dibujos que simulaban mosaicos.

La verdad es que fue un primer contacto agradable, pero ahora tocaba encontrar un medio de transporte que quisiera llevarme a la zona que iba, y que me ofreciera un precio apropiado. El primer taxista que encontré me comunicó que había que pagar por persona, algo que según dicen es normal en su sistema, y me ofreció el precio de 300 dírhams, unos 30 euros, lo que resultaba demasiado caro para la distancia que íbamos a recorrer, por eso pregunté a otro taxista, que me dio un precio un poco más bajo, aunque también resultaba caro, y ambos empezaron a discutir. No sé qué acabarían por resolver, porque otro se me acercó y me dijo que me llevaba por 150 dírhams, y creí que era mejor no rechazarlo.

Mi paseo en taxi, pareció más bien una carrera de obstáculos. En un taxi caben tantas personas como se propongan. La mayoría de los conductores, según pude comprobar en ese momento, y después corroborar, no respetan las señalizaciones de tráfico, ni si quiera los pasos de cebra. Por eso, encontré en la carretera a un mismo tiempo, coches, motos donde iban tres personas, gente en patines, alguno montando en burro, y hombres, mujeres y niños atravesando la calle sin esperar a que parara ningún coche. Algo bastante singular y que atrajo mi atención.

Ante tal caos, apenas me había fijado en el paisaje que se presentaba a mis ojos. Edificios rojos, del mismo estilo que la cara tradicional del aeropuerto, y acordes con la tierra que les rodeaba. Un paisaje árido pero lleno de palmeras. Un clima demasiado caluroso. Una ciudad que recordaba a Sevilla en numerosos aspectos.

Pero el clima no es lo único que hacía al país caluroso, también sus gentes. Desde la ventanilla del taxi pude ver los corros de personas que compartían risas, palabras… a cada paso, gente y más gente que parecía algo más que vecinos o conocidos.

Y por fin estaba cerca de casa. Todo un conjunto de sensaciones se adueñan de ti cuando llevas tanto tiempo esperando volver a encontrarte con una tierra, con sus costumbres y sus gentes. Con tu familia, su espacio y sus sentimientos, que acaban siendo los tuyos, aunque sólo sea por unos días. Sólo quedaba adentrarme en las callejuelas estrechas, más bien callejones, que me llevarían a casa.

Ya me sabía el camino, lo había hecho antes y parecía que nada había cambiado. La gente fuera de sus casas, tomando el poco fresco que podía recogerse en aquel lugar. Los hombres vestían chilaba y babuchas, habitualmente. A las mujeres las veía con muchos tipos de vestimenta, aunque normalmente llevaban chilaba, algunas con el cabello al descubierto, otras con velo, y otras con velo y otra tela que les tapaba la cara desde debajo de los ojos.

Los niños jugaban al fútbol en un improvisado campo, algunos con la camiseta del Barça, equipo muy venerado en aquellas tierras.

Pero lo que especialmente activaba mis sentidos era el aroma a hierbabuena que se notaba por cualquier rincón, mezclado con todo tipo de fragancias que según parecía provenían de dulces típicos y manjares exquisitos para la cena, que se aproximaba.

Las puertas y ventanas de las casas abiertas, las mujeres hablando unas con otras, cubrían sus cabellos con un pañuelo y reían entre ellas y después miraban con curiosidad a los recién llegados. Así, llegué a casa.

Los edificios de aquel barrio tenían una altura media, dos pisos y la azotea. Nada más entrar en casa y subir la estrecha escalera de caracol, lo primero que me encontré fue el salón. Una habitación grande y rectangular, muy humilde, acomodada con sofás árabes, sin respaldo, adornados con numerosos cojines muy bonitos. La habitación contigua era la cocina, apenas tenía una nevera, el friegaplatos y un infernillo para hacer las deliciosas comidas. Pero tenía un encanto que no puede describirse. Después, dos habitaciones más pequeñitas y modestas. Pero lo que más me gustó fue la azotea que descubrí subiendo un piso más. Un espacio amplio y abierto por arriba, donde se tendía la ropa, y donde las mujeres podían vestir tranquilas y tomar el sol sin que las viera nadie.

Mi llegada no hubiera podido ser recibida de mejor forma que con un té moruno cocido al más puro estilo tradicional, con té verde, hierbabuena recién cortada y azúcar.

La manera de servirlo me resultó curiosa. Una tetera de plata, con adornos grabados, contenía el líquido sobre una bandejita rodeada de numerosos pequeños vasos de todos los colores. El hombrecillo de cara amable que lo servía cogió uno de los vasos donde echó el té para verterlo de nuevo en la tetera, repitiendo la misma acción un par de veces. Después fue sirviendo vaso por vaso, haciendo siempre el mismo movimiento -colocaba la tetera dispuesto a llenar un vaso, y lo hacía subiéndola un poco, de tal forma que el té hirviendo caía de más altura sobre el vaso y formaba algo de espuma-.

Desde ese momento me acostumbré a beber té a todas horas, a media mañana, por la tarde, siempre que había visita –y que era muy a menudo, pues no había día que no aparecieran por casa cuatro o cinco personas, solas o acompañadas, para saludar a los paisanos recién llegados, o simplemente para visitar a los familiares marraquechíes-, y en muchos casos, lo acompañábamos con dulces exquisitos para el paladar, como rgaif o bagrer.

Al llegar la noche, el barrio cobró una nueva vida. Empezó a sonar música que te hacía sumergirte en el más profundo corazón del mundo árabe. La noche le daba al barrio un toque que le hacía más mágico. Dando la vuelta a la manzana, se podía observar solemne una mezquita que, desde que yo había llegado, llamaba con ésta, la segunda vez al rezo. Era la cuarta oración del salat, Magrib, que indicaba que el sol se ponía.

La cena estaba lista, aunque desde hacía un momento ya había podido apreciar aquel gratificante olor. Uno de los platos estaba elaborado con cordero guisado con numerosas especies y con todo tipo de verduras, como patatas al vapor y cominos o calabacines muy pequeños con salsa de pimentón. A esto le acompañaban ciruelas cocidas con azúcar, que le daban un toque dulce a la comida. Normalmente comíamos todos en un mismo plato redondo y grande, perfectamente decorado con la comida que atraía aún más al apetito. Comíamos con mucho pan, que hacía de cubiertos, pues allí no se usan mucho. Algo que aquí podría parecer poco higiénico, allí no lo es en absoluto, pues la gente se lava al menos cinco veces al día, una para cada rezo, más cada vez que van a comer.

Es bastante difícil explicar todo el cúmulo de olores, sonidos, sensaciones y sabores que se viven en Marruecos.

La primera noche me desperté muy pronto. De repente se me pusieron los pelos de punta al escuchar una voz que parecía que cantaba una melodía pausada y hermosa. Era el almuecín que llamaba a los fieles musulmanes a la primera oración del día. Creo que eran las cinco de la mañana, aún de noche. Al asomarme a la ventana me sorprendió gratamente que muchas personas salieran de sus casas para dirigirse a la mezquita más cercana a rezar. La paz que disfruté en ese momento, escuchando aquella llamada y viendo a aquellas gentes que se saludaban como hermanos era considerable.

Después de aquello volví a dormirme. El fresco entraba por la ventana, pero solo era un espejismo del lugar, ya que cuando amaneció me desperté con un calor sofocante, como haría todas las mañanas. Marrakech es un lugar que engaña a quien no vive allí, de día hace demasiado calor en verano, y las noches son frescas.

Ese día dirigía mis pasos hacia la majestuosa plaza de Jemma Fna, a 48 grados de temperatura. La Plaza del Fin del Mundo, como la llaman, o Asamblea de los muertos, cuenta la leyenda que era destinada a presenciar las ejecuciones de los infieles y de aquellas personas que cometían delitos en tiempos pasados, y cuyas cabezas eran expuestas a la vista de todo el mundo. Con el paso del tiempo la plaza se ha convertido en el lugar de encuentro de los marraquechíes y de paso obligado de turistas. Ofrece dos caras bien marcadas entre el día y la noche.

En aquel lugar, declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO, no cabía ya ni una hormiga. Para llegar a ella, tuve que pasar por la muralla de Marrakech, por donde cruzaban continuamente carrozas de caballos llevando y trayendo a turistas de todas partes, y que acogía a la medina con sus 12 Km de largo, de color rojizo, se extendía solemne a lo largo de la ciudad. Encontré de todo en Jemma Fna, por la mañana tatuadoras que dibujaban motivos artísticos sobre la piel sin ningún tipo de patrón, faquires hipnotizaban serpientes mientras que un hombre intentaba ponerme un mono en la cabeza, algunos hombres con la misma vestimenta daban agua contenida en una tripa de animal seca que lo mantenía fresco por unos dírhams, puestos de naranjas donde se hacían zumos naturales deliciosos, todo tipo de puestos donde podías comprar desde dentaduras postizas hasta jabones… pero con la llegada de la noche, parecía que me había sumergido en el cuento de Las mil y una noches. La oscuridad era desafiada por luces acogedoras que iluminaban toda la plaza, que se volvía enigmática desde la Koutobia hasta el propio zoco. Cuentacuentos, puestos de comida donde degustar cous-cous y harira, típica de ramadán, amenizaban la noche. Olores de todo tipo que humeaban de cazuelas que cocían manjares, el bullicio de la gente que se amontonaba para ver los espectáculos, los músicos tocando todo tipo de tambores y de fondo la llamada al rezo.

En el zoco, un entramado lioso de calles, que recordaban a los pasadizos secretos de los cuentos, seguía todo tipo de direcciones. Encontré de todo, desde puestos de especias, de ropa y calzado, de aceitunas, de hierbabuena, de fruta, de dulces, de carne o pescado, de verdura, hasta otros de bisutería, joyas de plata y oro, instrumentos de música artesanales, maderas, teteras, adornos y por su puesto de marroquinería, todos ellos organizados por gremios. Quizás, lo más curioso del propio zoco era la manera de vender y de comprar. Allí me di cuenta de que sin regateos no iba a ningún sitio, con mi aspecto de turista los vendedores intentaban aprovecharse de mí, llegándome a ofrecer más del doble de lo que valía un objeto. Lo mejor era negociar.

Jemma Fna estaba precedida de numerosas palmeras que presentaban la majestuosa mezquita de Marrakech, la Koutobía, o mezquita de los libreros, pues según dicen algunos, tras ser construida se asentaron a su alrededor puestos de mercaderes de manuscritos. Su minarete, de 70 metros de altura, controla toda la ciudad. Dicen que la torre de la Giralda de Sevilla es un calco exacto de la torre de esta mezquita del siglo XII. Una vista peculiar, podría decir que me encontraba en plena Sevilla por el calor, la forma de la mezquita, las carrozas de caballos que paseaban por las calles, y la alegría calurosa de su gente.

Después de dar un paseo en calesa por la ciudad oscurecida, y de tomarme un zumo en La Plaza, dirigí mis pasos a casa, agotada por el día.

A la mañana siguiente aún era temprano, y un hombre gritaba una palabra que no entendía bien, una especie de “Hout!” Se trataba de un hombre en bicicleta que vendía pescado que llevaba en un cajón. Al rato pasó otro hombre, con una carretilla, y decía “¡Carmous, carmous!”, este vendía higos recién cogidos del árbol.

Ese día serían las siete de la mañana. Iba a ir al Valle de L´ Ourika, en el Alto Atlas. Desde donde me encontraba, casi en el centro de Marrakech, hasta el Valle, había unos 80 Km. La carretera estaba bien, al principio no encontré nada en mi camino, salvo una mujer bastante mayor, que llevaba atado a las espalda un saco grande con ramas verdes, que debía de pesar bastante, y que subía cuesta arriba, y más adelante, algunos puestecitos de té y restaurantes. Después nos fuimos encontrando poco a poco con el Valle y su río. Algunos puestos bereberes vendían collares a los paseantes, mientras que un ligero hilo de agua corría por aquella tierra que parecía sacada de un oasis y algunos caballos paseaban por ella. A cada avance que hacía con el coche el agua se hacía más espesa, me acercaba más a las cascadas del Valle. Allí podía observarse la aldea, formada por un número contado de casas de adobe y color rojizo que se fundían con las propias montañas.

Habiendo llegado a Sette-Fatma, una de las zonas donde el Valle se estrecha, decidí parar para degustar comida típica bereber en un pequeño lugar apartado, pero para llegar a él tenía que pasar un puente en el medio del cual había un hombre con una serpiente intentando ponérsela en el cuello a todo turista que veía. Después de varios intentos el hombre se dio por vencido y conseguí que me dejara en paz.

Comimos en el suelo, sobre una tela, en un gran plato de barro nos sirvieron tajín, un plato guisado en una especie de cazuela de barro sobre carbón y tapa en forma de embudo bocabajo, que llevaba todo tipo de verduras y carne y que estaba delicioso.

Y había llegado la hora de subir a las cascadas. Me encontraba en la mejor zona para hacerlo. Las cascadas del Valle de L´ Ourika son siete. Fue bastante fácil llegar a la primera, a partir de la segunda me costó un poco más, aunque allí arriba parecía que estaba en el paraíso, rodeada de rocas, sol –aunque estaba un poco nublado- y de agua que caía desde lo más alto y que favorecían los continuos resbalones, a lo que se añadió la lluvia que comenzaba a chispear cuando llegamos a la tercera cascada, por lo que tuvimos que bajar. Por eso decidí pasear por el Valle, a lo largo del río y dar un pequeño paseo en caballo.

En las últimas horas de la tarde, nos sentamos en una pequeña terracita a tomar té, como hacíamos todas las tardes de costumbre, y después visitamos a un familiar bereber que vivía muy cerca de la zona. Su casa era muy bonita, aunque modesta, el salón donde nos sirvió algo de beber apenas tenía nada, ni siquiera sofá, pero nos enseñó su patio y un pequeño porche donde había un molino y donde tallaba figuritas que luego vendía en la carretera.

Esa es una de las cosas que más me sorprendieron de Marrakech. Me encontraba continuamente por la carretera vendedores de figuras de barro, tajines, miniaturas de la Koutobía, timbales, melones, higos chumbos… gente muy modesta que con sus manos hacía verdaderas obras de arte, y que cultivaban en sus árboles para sacarse algo de beneficio.

Desgraciadamente, también veía a gente pidiendo en la ciudad, sobre todo en los sitios más turísticos. Es una especie de pobreza que pretende ocultarse ante tanta hermosura, pero que no lo consigue. Y no solo había gente pidiendo, también me encontré gente muy humilde, que en vez de ir en autobús o en coche, iba andando o en burro, incluso había hombres que llevaban a su mujer y a su hijo en la misma moto. Personas cuyas ropas representaban la cara menos favorecida de la región. Pero era gente muy trabajadora, a quien no le importaba abrir muy temprano su pequeña tienda familiar -quien la tenía- y no cerrar hasta tarde, y con quien tu conciencia no te permitía regatear. Algunas veces paseaba por el barrio sobre las once de la noche, y muchas de esas tiendas seguían abiertas.

A pesar de esa pobreza y humildad, Marruecos es un país solidario. Los vecinos se ayudan entre sí, comparten todo lo que tienen. Normalmente comen unos en la casa de los otros, dan refugio a quienes están desprovistos de él. Un día vi acercarse a un hombre bastante mayor, cansado del duro día de trabajo, y un niño que estaba jugando al fútbol en el barrio corrió a su casa y bajó una botella de agua fresca y un vaso para que el hombre bebiera.

Había personas que pedían dinero, pero me sorprendió que la mayoría, especialmente si estábamos cerca del zoco o de alguna tienda, pidieran pan o algo de alimento. No son egoístas, si lo necesitan, piden lo justo.

Ellos representaban a la gran mayoría de la gente que vi, porque eran ellos los que sacaban adelante una ciudad con su esfuerzo. Y lo cierto es que muchas veces no valoramos las pequeñas cosas hasta que nos damos cuenta de lo importantes que son.

Sin lugar a dudas, esto entraba en contraste con los lujosos establecimientos de oro que me encontré en la ciudad. Vitrinas de cristal forraban de arriba abajo las salas de la tienda, fundidas literalmente en oro, todo tipo de joyas, cinturones, objetos decorativos de oro puro, que costaban fortunas, y que muy pocos autóctonos de la zona podrían permitirse. Quizás lo hicieran aquellos que disfrutaban de las residencias más lujosas de Marrakech, los que habían hecho fortuna en el extranjero, frente a aquellos que habitaban en las casas rojizas del Atlas, en Ourika, que vivían con lo necesario, o los que lo hacían en los barrios a las afueras de la ciudad.

Los días pasaban, faltaba poco para volver a España y tenía que disfrutar del tiempo que me quedaba. Ese día, el penúltimo, mi destino era El Jardín de la Menara, al fondo del cual puede apreciarse el Atlas. El Jardín, con grandes hectáreas de olivos donde la vista se perdía, en su centro albergaba un estanque artificial, de la época de los almohades, que utilizaban un sistema subterráneo para aprovechar la nieve del Atlas cuando se descongelaba y regar el extenso jardín. En él, numerosas carpas salían a la superficie hambrientas para recibir comida. Me daba la sensación de que, si por casualidad tropezaba y caía, las carpas me comerían a mí. Al lado del estanque, un pequeño edificio, el Pabellón de Menara, daba el toque elegante al recinto, con tejado en forma piramidal formado por tejas de color verde. En el mismo Jardín, se abría un paseo de tierra, donde algunos camellos esperaban a ser montados para la típica foto, y donde reconozco que no subí por miedo.

Los días se me habían pasado volando. Era la hora de coger el avión de regreso a casa, era el momento de las despedidas. Miré por la ventana para dar el último adiós, por el momento, a aquella maravillosa ciudad y sus gentes.

Por Lucía El Asri para El Inconformista DigitalColaboradora, El Inconformista Digital.Incorporación – Redacción. Barcelona, 29 Julio 2010.

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